Tuco…. me acuerdo de Tuco, Tuco que compañero... el sí
que era compañero, el se ponía contento cuando me veía venir, chocaba la cabeza con la cola de la alegría, bueno en realidad con el rabo, la cola me acuerdo que se la tuve que cortar cuando lo atropello ese turro, como gritaba, entro corriendo a la cocina se metió abajo de la mesa y lloraba y yo lloraba y se lamía y se hacia doler el mismo y yo le decía que me dejara ayudarlo, que confiara en mi, que lo iba a curar y el me entendió juro que me entendió y me dejo que lo curara, pobre… la carita que puso, despacito con mucho cuidado le agarre la colita que colgaba de un hilo de piel, lo hice mirar para otro lado y con la tijera se la corte. Tuquito….pobrecito…, a veces pienso que Dios se ensaño con el Tuco, porque no solamente perdió su cola si no que después del accidente le agarraban esos ataques de epilepsia, que lo hacían retorcer por el piso, despidiendo baba por el hocico; Como me asuste la primera vez que lo vi, el cuerpito temblando como si le dieran golpes de electricidad, como si fuera de goma y después despacito la calma…y otra vez y así dos o tres veces hasta que se quedaba quietito y comenzaba a abrir los ojos.
Me fui acostumbrando, me sentaba, lo miraba, pensaba si sentía dolores y con el tiempo hasta me reí, imaginando que alguien lo estaba moviendo, como si fuera un títere, una marioneta.
Espero que los nuevos dueños de la casa de Oribe 696 y Boulogne Sur Mer en Ituzaingo no hayan sacado el jazmín que estaba, entrando, a la derecha, entre la columna y el pino
Eso los convertiría en cómplices de Dios.
Rotondo Jorge

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